Zaqueo quería ver a Jesús, pero la multitud y su baja estatura se lo impedían. Corrió adelante y subió a un árbol. Quizá esperaba observar desde lejos, sin ser notado. Sin embargo, cuando Jesús llegó al lugar, levantó la mirada y lo llamó por su nombre.

Ese momento revela algo del corazón del evangelio: Jesús no vio solamente la reputación de Zaqueo. Vio a la persona. Mientras otros lo reducían a sus errores y a su oficio, Jesús abrió la puerta a un encuentro diferente.

La gracia se acerca antes de que todo esté arreglado

Jesús decidió hospedarse en su casa antes de que Zaqueo demostrara algún cambio. La transformación vino después del encuentro. Esto no significa que nuestras decisiones no importen; significa que la gracia de Dios no espera a que nos volvamos impecables para llamarnos.

A veces creemos que primero debemos ordenar toda nuestra vida para acercarnos a Dios. La historia de Zaqueo muestra el movimiento contrario: el encuentro con Jesús comienza a ordenar aquello que estaba torcido.

Una fe que produce cambios visibles

Zaqueo respondió tomando decisiones concretas sobre su dinero y sobre el daño que había causado. La gracia no se quedó en una emoción agradable. Tocó sus prioridades, su forma de relacionarse y su manera de reparar el pasado.

La transformación cristiana tampoco consiste únicamente en sentir algo. Poco a poco alcanza nuestras palabras, hábitos, relaciones y decisiones.