Los discípulos obedecieron la indicación de Jesús y cruzaron el lago. Sin embargo, en medio del trayecto apareció una tormenta tan fuerte que el agua comenzaba a llenar la barca. La dificultad no llegó porque estaban fuera del camino; llegó mientras seguían una dirección que Jesús mismo había dado.

Eso corrige una idea frecuente: tener fe no significa vivir sin tormentas. Hay problemas que llegan incluso cuando estamos intentando hacer lo correcto.

El miedo interpreta el silencio

Mientras ellos luchaban con el viento, Jesús dormía. Los discípulos interpretaron ese silencio como falta de cuidado: “¿No tienes cuidado que perecemos?”. El miedo suele hacer eso. Toma un momento de silencio y lo convierte rápidamente en una conclusión sobre el amor de Dios.

Podemos llevar esa pregunta a Jesús sin esconderla. Los discípulos lo despertaron. La fe también incluye decir con sinceridad: “Señor, tengo miedo; no entiendo lo que está pasando”.

La paz comienza por reconocer quién está en la barca

Jesús reprendió el viento y el mar quedó en calma. Después dirigió una pregunta a sus discípulos sobre su temor y su fe. El objetivo no era avergonzarlos, sino ayudarles a comprender que la tormenta no era toda la realidad.

A veces el cambio que necesitamos comienza antes de que cambien las circunstancias: recordar que no estamos solos. La presencia de Dios no hace pequeña la tormenta, pero evita que la tormenta se convierta en nuestro único horizonte.