María permaneció cerca del sepulcro llorando. Había visto demasiadas cosas difíciles en pocos días y, al encontrar la tumba vacía, pensó que incluso el cuerpo de Jesús había sido llevado a otro lugar.

El dolor puede reducir nuestra visión. María miró a Jesús y no lo reconoció. Supuso que era el encargado del huerto.

Dios puede estar más cerca de lo que sentimos

La presencia de Jesús no dependía de que María lograra reconocerlo inmediatamente. Él ya estaba allí. Esto ofrece una imagen consoladora para nuestras temporadas de confusión: nuestra percepción puede estar nublada sin que eso signifique que Dios se haya alejado.

La fe no siempre comienza con claridad total. A veces comienza quedándonos cerca, llorando si es necesario, hasta que podemos escuchar de nuevo.

Jesús dijo: María

El reconocimiento llegó cuando Jesús pronunció su nombre. No fue una explicación larga. Fue una palabra personal. María comprendió quién estaba delante de ella y su duelo tomó una dirección nueva.

El evangelio no presenta una esperanza impersonal. Nos recuerda que somos conocidos. En una multitud, en una temporada de pérdida o en un momento de confusión, seguimos siendo personas vistas y llamadas por Dios.